
Hace unos cuantos meses, estando inmersa en un viaje que había comenzado acompañada (por aquel entonces pensaba que iba de la mano de la mejor compañía.. ¡Qué ilusa...!), de repente, me encontré perdida, en la Luna, sola y sin saber cómo volver a la Tierra otra vez. (Pincha aquí si lo quieres leer también).
Pensaba que era el fin del mundo. ¡Al menos, de mi mundo! Todos sabéis qué se siente en un momento así...
Hoy ha pasado el tiempo, casualmente (ahora que lo pienso), diez meses exactos. Y no, mi mundo no se ha acabado. Simplemente, hay una persona que ya no forma parte de mi vida. O mejor dicho, de mi día a día. Porque, yo soy de las que opina que los amores nunca dejan de formar parte de nuestra vida y por eso no deben olvidarse, pues en algún momento, te aportaron mil momentos de felicidad. Simplemente, hay que guardarlos en algún rincón del corazón y dejarlos ahí hasta que recordarlos no te duela.
Esta lunática parece que, casi sin saber cómo, ha logrado volver a la Tierra, donde parece que va encontrando, de nuevo y poco a poco, la tranquilidad y la paz interior, después de muchos llantos y muchos días tristes.
A pesar de todo, sigo creyendo en el amor. Y confío en que la vida me brindará la oportunidad de disfrutarlo como sé que me merezco. Y si eso no ocurre (porque no siempre ocurre), pues nada.. En la Tierra no se está tan mal. Es solo cuestión de actitud. Uno se va adaptando a las circunstancias (¡Qué remedio..!). Aunque, eso sí, no negaré que me encantaría volver a la Luna y que esta vez el viaje no sea tan desastroso.
Hace un par de días se cumplían cuarenta años desde que el hombre pisara la luna por primera vez. Bueno, por primera vez y por última.
Montones de dinero, tiempo y tecnología fueron necesarios para que lo consiguiera.
¡Qué tontos! Si supieran que lo único que hace falta para ir a la luna es...
... ¡ENAMORARSE!...
